Nuestro querido Ford A Briggs Fordor llegó a la familia en el mes de diciembre de 1957 -comprado a la Iglesia Católica de Frutillar-mediante la transferencia N° 148-A. Se pagó como impuesto la cantidad de 17.000 pesos en la Tesorería Comunal de Frutillar según consta en el documento N° 793788 asociado a recibo N° 888; posteriormente la Tesorería de la República de Chile emite la orden N° 576620 por diferencia de impuesto Ley 14.173 por la suma de 7,60 Escudos con fecha 17 de noviembre de 1958.

Cuenta mi padre que cuando fue a retirar el auto, no se pudo hacer de inmediato, ya que una gallina se encontraba empollando en el asiento trasero. Cuando se pudo, hubo que comenzar a reparar lo más urgente: parabrisas, asientos, puesta a punto del motor y aseo completo.

 

Terremoto de 1960

En esa época nuestro Ford A fue fundamental, pues los caminos y puentes colapsaron o se deterioraron de tal forma que los camiones, como los Opel Blitz, quedaban colgados, y la movilización colectiva tampoco podía transitar. Pero el Ford A podía hacerlo, por lo corto y alto que es, llegaba una y otra vez a su destino. Era un verdadero camioncito en que se trasladaban materiales de construcción a Frutillar Bajo, Frutillar Alto y Puerto Octay; donde las casas y bodegas se fueron abajo.

El granero de cinco pisos de la CAFRA (Cooperativa Agrícola de Frutillar), donde trabajaba mi padre, se vino al suelo con 15.000 quintales de trigo listos para ser despachados a Santiago (Molino San Cristóbal). El Ford A sirvió de tractor para extraer las maderas del granero caído.

 

Después de este intenso y exigente trabajo como tractor y acarreo de materiales entre Frutillar y Puerto Octay (donde vivían mis abuelos paternos), fue necesario repararlo, pues quedó con sus maderas y latas muy deterioradas. Hasta 1975 fue un auto de uso diario, que utilizaban tanto mi padre como mi madre.

 

Desde dicho año, comienzo mis andanzas en el Ford A, para movilizarme y trabajar en el campo. Para reforestar parte del campo, le enganché un carro de arrastre para llevar los insumos requeridos y cadenas en las ruedas para no quedarme enterrado en el barro.

Con fecha 17 de enero de 1984, mi padre me regala oficialmente el auto. Las razones, primero por causa de mi buen rendimiento en la universidad, y también porque había participado de un viaje a Bariloche (Argentina), organizado por el CAACH de Osorno, en el que entre las actividades se corrió una gymkana en la cual resulté en 2º lugar.

Yo soy el sexto dueño, los anteriores fueron: Eduardo Winkler – Alberto Hecherleiner – Arturo Toirkens – Iglesia Católica de Frutillar – Rubén Benavides – Iván Benavides.

En 1988 viajé con mi auto a Valdivia para defender mi Tesis que me daría el título de Ingeniero. Una vez aprobado

regresé a Frutillar cargado con todos los artículos que tenía en la pensión (cama, colchón, libros, TV, etc.) junto a Sonia, -mi polola en esos tiempos, actualmente mi esposa- con maleta y guitarra. El auto iba muy cargado, pero llegamos a la casa de mis padres en Frutillar sin ningún problema.

En los años siguientes lo utilizaba cuando viajaba a Frutillar, pues había iniciado mi vida laboral en Santiago.

 

Como indico al comienzo, este auto es parte de la familia y es tan así que mis hijos Andrea y Felipe la consideran su hermana mayor, pues me preocupo mucho de ella.

En el año 2004, nos propusimos con Sonia restaurar el Ford A con el objetivo de dejarlo lo más original posible. Dentro de las modificaciones se cambia el color de café a azul (con lo que hasta el día de hoy mi padre no está de acuerdo).

El proceso de restauración se comenzó en Frutillar y terminó en Santiago, y después de 6 años comenzamos a divertirnos nuevamente con esta maravilla de auto.

 

Creación del Club Ford A

Cuando me invitaron a tomar parte en la formación del Club, no lo dudé y nos pusimos en campaña para hacer realidad este sueño. Una de las condiciones era tener un Ford A, el cual tenía pero estaba en Frutillar en restauración. Como pasaba el tiempo y no llegaba con el auto, los socios empezaron a dudar de su existencia, por ello cuando viajé a Frutillar me saqué una foto con el auto y el periódico del día para acreditar que el auto sí existía.

Una vez que lo traje a Santiago (2011), comenzamos a participar activamente en diferentes actividades en viajes nacionales (Santa Cruz, Algarrobo, Chiloé, Bahía Coique, Los Andes, Viña del Mar, Rancagua), e Internacionales (Villa La Angostura, Mendoza y Bariloche). Nunca el Ford A me ha dejado tirado en ruta.

En el año 2019 viajamos de nuevo a Bariloche e intentamos obtener la misma ubicación de la foto de 1984 (Circuito Chico, al fondo del Hotel Llao-Llao).